Casi todos me lo preguntan antes de agendar la primera cita. A veces por WhatsApp, antes incluso de contarme qué les está pasando.

Y lo entiendo. Detrás de esa pregunta hay otras dos: cuánto me va a costar el tratamiento completo, y cuánto tiempo me va a llevar terminarlo. Es información que cualquiera necesita antes de empezar algo.

Te voy a decir el número que sí tiene respaldo científico. Y después te voy a contar un dato de 2024 que casi nadie está mencionando, porque influye en el resultado de tu terapia más que la cantidad de citas. Tiene que ver con cada cuánto venís, no con cuántas veces.

El número que sí tiene respaldo científico

La Asociación Americana de Psicología maneja una cifra de referencia: quince a veinte sesiones para que la mitad de las personas mejore de forma clara. En citas semanales, unos cuatro o cinco meses.

Fijate en el detalle: la mitad. Es un promedio de miles de personas. Hay quien necesita bastante menos y quien necesita más.

Ahora comparalo con lo que vas a leer por ahí. Ocho a quince sesiones para ansiedad. Catorce a dieciocho para depresión. Números exactos según el diagnóstico, dichos con total seguridad, sin ninguna referencia que los respalde.

En 2023 un equipo danés revisó diecinueve ensayos clínicos con 3.447 pacientes, comparando terapias cortas contra terapias largas. Lo publicaron en BMC Psychiatry. Su conclusión textual: la evidencia es «poco clara». Y agregan que la calidad de los estudios disponibles es tan baja que no permite sacar conclusiones firmes.

Eso quiere decir una cosa. Se juntaron todos los estudios que existen sobre el tema y no alcanzó para dar un número por diagnóstico. Así que el psicólogo que te da una cifra de sesiones antes de conocerte no te está informando: te está vendiendo.

Qué hace que a una persona le tome más tiempo que a otra

El total exacto no se sabe por adelantado. Pero sí se sabe qué lo alarga.

En España, Ballesteros, Fernández y Labrador (2013) siguieron a 122 pacientes y los separaron en tres grupos: los que necesitaron veinte sesiones o menos, los que necesitaron entre veintiuna y treinta y cuatro, y los que pasaron de treinta y cinco. Después buscaron qué diferenciaba a un grupo del otro.

La edad no explicó nada. El sexo tampoco. Y el diagnóstico principal, tampoco.

Lo que sí apareció fue la comorbilidad. Entre los casos con comorbilidad, el 69% terminó en el grupo de más sesiones. En el grupo corto había apenas un 7.7%.

Comorbilidad significa que no viene un problema solo, sino varios al mismo tiempo. No es igual llegar con ansiedad y nada más, que llegar con ansiedad, tres meses durmiendo mal y una relación que ya venía mal desde antes. No es que la segunda persona esté peor. Es que hay más cosas que atender, y eso toma más citas.

Así que el diagnóstico no dice cuánto vas a tardar. Lo que dice es cuántas cosas hay que resolver a la vez.

Hay algo más que conviene tener en cuenta: algunos cuadros distorsionan cómo la persona mide su propio avance. En la depresión, por ejemplo, el tiempo mismo se siente distinto, y eso cambia el juicio sobre si se está mejorando o no.

15.158 personas y un dato que cambia la pregunta

Hasta acá hablamos de cuántas sesiones hacen falta. Lo que sigue responde algo distinto: si esas sesiones van a servir.

En 2024, el equipo de Ciharova, del grupo de Pim Cuijpers en Ámsterdam, publicó en Journal of Affective Disorders el análisis más grande que hay sobre esto. Reunieron 176 estudios y 15.158 pacientes.

Revisaron si el resultado dependía del número de sesiones. No dependía.

Revisaron si dependía de cuántas horas en total pasaba el paciente con el terapeuta. Tampoco.

Lo que sí encontraron fue la frecuencia. Pasar de una sesión semanal a dos se asoció con mejores resultados, con el mismo total de sesiones. Las mismas diez citas, más juntas, rinden más que esas mismas diez repartidas en el doble de tiempo.

Un estudio holandés lo confirma con 2.634 pacientes (Tiemens et al., 2019). Siguieron a personas con ansiedad, depresión y trastornos de personalidad, y midieron la frecuencia de sesiones en los primeros tres meses. Al año, entre los que tuvieron pocas citas en ese inicio había mejorado un 50.3%. Entre los que tuvieron más de doce, un 75.2%.

Los mismos autores advierten algo más: la baja frecuencia al principio se asoció con mayor riesgo de que el problema se volviera crónico.

Puestas juntas, las dos cosas no se contradicen. La comorbilidad dice cuántas sesiones vas a necesitar. La frecuencia dice si esas sesiones van a funcionar.

Lo que eso cambia para vos

Mucha gente ve el precio por sesión, hace la cuenta y decide venir cada quince días. Es una decisión de presupuesto, y es razonable. Pero conviene saber qué cambia. Ahí que la terapia sea en línea ayuda más de lo que parece: sin traslado ni parqueo, una cita semanal es mucho más fácil de sostener.

Diez sesiones semanales y diez quincenales cuestan lo mismo. La inversión es idéntica. El resultado no.

Con dos semanas de por medio pasan tres cosas concretas. La sesión empieza con un repaso largo, porque hay que reconstruir qué pasó en quince días. Lo que se trabajó la vez anterior se practicó menos, o no se practicó, y hay que volver a explicarlo. Y si aparece una crisis al día siguiente de la cita, te quedan trece días sin ningún apoyo.

Es parecido a un antibiótico recetado cada ocho horas que uno se toma cada dos días. Las pastillas son las mismas. El ritmo es el que hace que sirva o no.

Por eso el programa inicial son cuatro sesiones. No es una cifra redonda para que se vea bien en la página: son las cuatro primeras semanas seguidas, que es el período donde la investigación muestra que más se define el resultado.

Preguntas que me hacen antes de empezar

¿Por qué cuatro sesiones y no dos, o diez?
Porque en cuatro semanas seguidas alcanza a pasar lo que importa. Se completa la evaluación, se identifica qué está manteniendo el problema, y empiezan los primeros cambios medibles: dormir la noche entera, poder entrar a una reunión sin que te falte el aire ni te dé taquicardia, que un mal día en el trabajo deje de arruinarte la semana completa. Y son esas cuatro primeras semanas las que la investigación señala como las que más definen el resultado final. Ese es el criterio, no un número redondo.

¿Y si después de esas cuatro necesito más?
Es lo habitual. En cuatro sesiones se ordena el cuadro y empieza el tratamiento; rara vez se cierra ahí. Lo que cambia es que para entonces ya hay un plan definido: qué se va a trabajar, en qué orden y con qué.

¿Y si mejoro más rápido de lo que pensábamos?
Pasa seguido, sobre todo cuando el inicio fue constante. Cuando pasa, no alargo el proceso: cerramos, dejamos por escrito qué hacer si algo vuelve, y listo. Y si en unos meses necesitás retomar, se retoma sin empezar de cero.

¿Puedo empezar con una sesión suelta?
Sí. Hay quien prefiere venir una vez y de ahí decidir cómo seguir. Se puede hacer así.

Para terminar

Si viniste por un número, ya lo tenés: quince a veinte sesiones para la mitad de la gente. Ese número no lo elegís vos, lo define lo que traigás encima.

Pero hay algo que sí elegís, y es cada cuánto venís. Y según 15.158 pacientes, eso influye más en el resultado que la cantidad total de citas que hagas.

Cuatro semanas seguidas al principio. Eso es lo que más cuenta, y es una decisión que podés tomar hoy.