Llevás meses con lo mismo. Dolor de cabeza casi todos los días, o el estómago que nunca se acomoda, o un cansancio que no se quita durmiendo. Fuiste al médico. Te mandó exámenes. Los exámenes salieron bien.

Y ahí empieza lo raro. Salir de la clínica con la noticia de que no tenés nada debería ser un alivio. Muchas veces no lo es. A veces te deja peor, porque el dolor sigue igual y ahora encima nadie sabe de dónde viene.

Si eso te está pasando, no estás exagerando ni te lo estás inventando. Te voy a explicar qué es lo que se sabe hoy sobre esto, que cambió bastante en los últimos dos años.

Que los exámenes salgan bien no significa que no tengás nada

En 2024, The Lancet publicó una revisión de Bernd Löwe y su equipo sobre lo que llamaron síntomas físicos persistentes. Lo primero que hicieron fue definirlos, y la definición es la parte importante: son síntomas corporales molestos que duran varios meses o más, sin importar cuál sea su causa.

Leelo otra vez, porque ahí está todo. La definición no depende de que haya o no una explicación médica. Depende de cuánto duran.

Esos mismos autores explican que estos síntomas pueden aparecer después de una infección, de una lesión, de una enfermedad, de una época difícil, o pueden empezar solos sin nada antes. Y agregan algo que casi nadie te va a decir en una consulta de quince minutos: conforme el síntoma se prolonga, su vínculo con una alteración claramente identificable se va debilitando. Cuando esa época difícil fue un hecho puntual y grave, y el cuerpo se quedó en alerta desde entonces, conviene revisar aparte si lo que viviste dejó un trauma, porque eso se trabaja distinto.

O sea que el origen pudo haber sido perfectamente físico, y el síntoma se quedó después de que la causa ya se resolvió.

Entonces «no tenés nada» es una mala traducción de lo que el examen dijo en realidad. Lo que dijo fue que no encontraron una lesión que explique el síntoma. La diferencia entre esas dos frases es la que hay entre salir de ahí sintiéndote un mentiroso y salir con un dato médico que todavía no cierra el caso.

Esa misma revisión termina pidiendo que se reduzca el estigma que estos pacientes cargan. Eso está escrito en The Lancet, no en un afiche de sala de espera.

Por qué el alivio de un resultado normal dura tan poco

Casi todos me lo cuentan igual. Salieron del laboratorio tranquilos, durmieron bien esa noche, y a los tres o cuatro días la duda volvió completa.

La razón es sencilla y no tiene que ver con que seás desconfiado. Decirte que no tenés nada te informa lo que no está pasando. No te informa lo que sí. Y el síntoma sigue ahí, todos los días, pidiendo una explicación.

Löwe y su equipo son bastante concretos con esto. Dicen que la atención básica para estos casos necesita tres cosas juntas: validar lo que la persona siente, tranquilizarla de manera adecuada, y darle una explicación biopsicosocial de lo que está pasando. En la práctica, la mayoría de la gente recibe la segunda a medias y nunca recibe la tercera.

Y cuando nadie te explica qué es lo que sí está pasando, la cabeza se encarga de llenar ese vacío por su cuenta, casi siempre con la peor versión disponible.

Ahí es donde se agenda el siguiente examen, y el siguiente. No por necedad. Por falta de una explicación que compita con la que uno se hace solo a las dos de la mañana.

Quiero ser justo con los médicos en esto. La consulta general dura lo que dura, y el trabajo del médico ahí es descartar lo que te puede matar, que es exactamente lo que hizo. Explicar el resto es otro trabajo, y toma más tiempo del que ese espacio permite.

Por qué el dolor sigue ahí cuando ya no hay nada que curar

Acá viene la parte que a mí me parece la más útil de toda esa revisión.

Löwe y su equipo enumeran los mecanismos que mantienen un síntoma andando. La lista incluye cosas biológicas, como inflamación persistente, desregulación inmune y metabólica, alteraciones del microbioma. Y también incluye cuatro procesos psicológicos, que son los que se trabajan en terapia. Te los explico uno por uno, porque cada uno se maneja distinto.

La expectativa del síntoma. Si al despertar ya estás calculando cómo va a estar hoy tu estómago, tu sistema nervioso llega preparado para registrarlo. Esperar un síntoma cambia cuánto lo percibís. No es sugestión ni es imaginación: es un efecto medible.

El foco atencional. Cuando algo del cuerpo te preocupa, lo empezás a revisar. Y lo que se revisa, se nota más. Es lo mismo que pasa con un ruido del carro: mientras no lo habías oído, el carro sonaba normal, y desde el día que lo notaste lo escuchás cada vez que arrancás. El ruido existía antes. Lo que cambió fue dónde tenés puesta la atención.

El aprendizaje. El sistema nervioso aprende patrones por repetición. Si durante meses cierta situación viene acompañada del síntoma, termina anticipándolo.

La evitación. Dejaste de hacer ejercicio para no provocarlo. Dejaste de salir. Cancelás cosas por si acaso. Cada una de esas decisiones tiene sentido por separado, y juntas son lo que mantiene el cuadro vivo. Es el mismo mecanismo que hace que las técnicas de respiración no le quiten a nadie la ansiedad cuando se usan para escapar del malestar en vez de para atravesarlo.

Fijate que ninguno de esos cuatro dice que el síntoma sea falso. Los cuatro asumen que el síntoma es real. De eso se trata: no de convencerte de que no te duele, sino de trabajar sobre lo que hace que siga doliendo.

Cuándo sí hay que volver con el médico

Interrumpo acá a propósito, porque esto me importa más que el resto del artículo.

Yo soy psicólogo clínico. No descarto nada orgánico, eso lo hace un médico. Y hay señales donde lo que corresponde es volver con él, no agendar conmigo:

  • Pérdida de peso que no buscaste
  • Fiebre que se repite o no cede
  • Sangre donde no debería haberla
  • Un síntoma que va empeorando de forma progresiva en lugar de subir y bajar
  • Dolor que aparece con el esfuerzo físico y se calma cuando descansás
  • Pérdida de fuerza, de visión o del habla, aunque haya durado poco
  • Algo que te despierta de madrugada de manera constante

Ese quinto punto, el del dolor que llega con el esfuerzo y se va con el reposo, es justo el patrón contrario al de un ataque de pánico, que aparece estando sentado y sin que estés haciendo nada.

Y si nunca te han hecho una evaluación médica completa por lo que sentís, empezá por ahí. No por acá.

122,153 personas y el segundo lugar que nadie menciona

En diciembre de 2025, The Lancet Psychiatry publicó el cálculo más grande que existe sobre cuánta gente vive con esto. El equipo de Emma Siig juntó 41 estudios de 23 países, con 122,153 personas en total.

La prevalencia general fue de 4.6%. Entre mujeres, 7.7%. Entre hombres, 2.8%.

Pero el hallazgo que a mí me dejó pensando es otro. Los autores calcularon los años vividos con discapacidad que produce este grupo de trastornos, y al compararlos contra los trastornos mentales que sí están incluidos en las mediciones globales, el resultado los coloca como el segundo trastorno mental más incapacitante del mundo, únicamente detrás de la depresión.

Segundo lugar mundial. Y probablemente nunca lo habías oído nombrar.

Los mismos autores le ponen un límite claro a su hallazgo, y hay que decirlo: casi todos los estudios que pudieron incluir vienen de países de ingreso alto. Ellos mismos piden que se reúnan datos de países de ingreso bajo y medio. Así que el número de Guatemala no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que donde se ha medido, es de lo que más incapacita.

Qué se hace en terapia con esto

También de 2025 hay una revisión que reunió 74 ensayos clínicos con 8,277 participantes, publicada en Psychotherapy and Psychosomatics por el equipo de Maas genannt Bermpohl. Compararon terapia cognitivo conductual contra tratamientos basados en aceptación y atención plena.

Las dos redujeron los síntomas corporales, con tamaños de efecto prácticamente iguales. Los de aceptación funcionaron algo mejor para la ansiedad y la depresión que suelen venir acompañando. La conclusión de los autores es que la terapia cognitivo conductual funciona como la base del tratamiento, sin cerrarse a variantes según el caso.

En consulta eso se traduce en cosas bastante concretas. Evaluar qué síntoma es, cuándo aparece y qué lo acompaña. Identificar cuál de los cuatro procesos de arriba está pasando en tu caso, porque no en todos pasa lo mismo. Reducir las conductas de comprobación, que son revisarse, buscar en internet y pedir el siguiente examen. Y devolver la actividad que fuiste dejando, en un orden que se pueda cumplir.

Trabajo esto dentro del proceso para ansiedad, que es donde suele venir acompañado.

Preguntas que me hacen antes de empezar

¿Me estás diciendo que es psicológico?
Te estoy diciendo que el síntoma es real y que hay procesos psicológicos que lo mantienen. La revisión de The Lancet pone la inflamación y el foco atencional en la misma lista de mecanismos, sin jerarquía entre ellos. Nadie ahí está diciendo que sea de la cabeza.

¿Y si de verdad tengo algo y nadie lo ha encontrado?
Puede pasar y no te lo voy a negar. Por eso el trabajo empieza con una evaluación médica completa, no con mi opinión. Lo que sí te digo es que después de una evaluación completa y con exámenes normales, seguir buscando por ese lado deja de aportar y empieza a costar.

¿Tengo que dejar de ir al médico?
No. Tenés que dejar de ir a buscar el mismo descarte por décima vez. Los controles que te corresponden por edad y antecedentes se siguen haciendo igual, y si aparece alguna de las señales que puse arriba, se consulta.

¿Esto se quita del todo?
En muchos casos sí, y en otros lo que cambia es la incapacidad más que el síntoma. Gente que volvió a trabajar completo, a hacer ejercicio y a dormir la noche entera, con un síntoma que todavía asoma de vez en cuando y que ya no decide por ellos cómo va a ser el día.

Para terminar

Si estás en esto, ya pasaste por lo más desgastante, que es sentirte mal y que te digan que no tenés nada.

Lo que sigue no es otro examen. Es una explicación de qué mantiene el síntoma, y un trabajo sobre eso. Es lo que se hizo en esos 74 ensayos con más de ocho mil personas, y es lo que hago acá.