Hay gente que pasa años sin pedir una cita por una sola razón, y casi nunca la dice completa. Se imagina sentada frente a un desconocido, contando en voz alta y con detalle lo que pasó. Se imagina llorando delante de alguien que anota en una libreta. Se imagina saliendo de esa sesión peor de como entró, con el resto del día por delante y sin nadie a quien contarle cómo le fue. Y lo deja para después.

Esa duda tiene respuesta, y hay investigación hecha justamente sobre ella: qué pasa cuando al tratamiento se le quita la parte de contar, y qué pasa cuando alguien empieza a trabajar con el recuerdo.

Lo que uno se imagina antes de la primera sesión

Es de las cosas que más me preguntan antes de agendar, y cada quien lo dice a su manera.

Está quien dice que sí quiere venir, pero que de eso no quiere hablar. Quien ya lo intentó una vez, con alguien que lo hizo empezar por el principio, y salió de ahí decidido a no volver. Quien no tiene problema en contarlo pero sabe que después vienen tres noches sin dormir, y no le alcanza la semana para eso.

Y está quien no quiere decirlo en voz alta porque teme que oírse contándolo vuelva más real lo que pasó.

Callarlo y evitarlo no son la misma cosa

Acá conviene separar dos cosas que en la cabeza de uno suelen ir juntas.

La evitación es lo que hace que el problema siga ahí. No es un asunto de palabras: es haber dejado de pasar por cierta calle, cambiar de tema cuando alguien se acerca al punto, dormir con la luz encendida, llenar el día de pendientes para no quedarse quieto. Eso va ganando terreno, poco a poco, y la vida se va cerrando: cada vez menos lugares, menos gente, menos horas del día en las que uno está tranquilo. Y nadie tomó esa decisión en ningún momento.

No contarle los detalles a un psicólogo no es eso. Alguien puede estar trabajando bien en terapia sin haber narrado nunca el hecho completo, de principio a fin.

El estudio que le quitó al tratamiento la parte de contar

Esto no es una opinión mía, se probó. En 2008 se hizo un experimento para saber cuál de las piezas del tratamiento era la que hacía el trabajo.

150 mujeres con estrés postraumático se repartieron al azar en tres versiones: el tratamiento completo, una versión que solo trabajaba con el pensamiento y en la que no se escribía el relato de lo que pasó, y una tercera que era solo el relato escrito. Seis semanas cada una. Las evaluaciones las hicieron personas que no sabían qué versión había recibido cada participante.

Las tres versiones mejoraron mucho. Y la versión en la que no se contaba el hecho mejoró más que la que era solo el relato.

Leelo despacio, porque va contra lo que casi todos suponemos: la pieza que hace el cambio no es la narración de lo que pasó.

Cinco sesiones, y sin decir una palabra en voz alta

Diez años después salió algo todavía más directo, publicado en JAMA Psychiatry.

126 adultos con estrés postraumático se repartieron al azar entre dos tratamientos. 63 recibieron uno hablado de doce sesiones. Los otros 63 recibieron uno de cinco sesiones en el que la persona escribe durante treinta minutos y no le narra el hecho al terapeuta. Los evaluaron a ciegas a las 6, 12, 24 y 36 semanas.

El de cinco sesiones no salió peor en ninguna de esas mediciones. Y hubo otra diferencia: del tratamiento escrito lo abandonaron 4 personas de 63, y del hablado, 25.

Yo no trabajo con ese programa cerrado de cinco sesiones, pero sí uso escritura, y bastante. Cuando alguien no quiere decir algo en voz alta, lo escribe. Cuando a alguien no le sale eso de imaginar o visualizar una escena, que a mucha gente no le sale, la escritura hace ese trabajo. Y hay quien prefiere hablarlo, y entonces se habla.

Y algo que casi nadie pregunta, pero conviene decirlo: lo que escribís no tengo por qué leerlo yo. Se puede trabajar igual, con lo que vos me contés de cómo fue escribirlo y de qué te pasó mientras lo hacías. Ese papel puede quedarse siendo tuyo y de nadie más.

¿Y si al empezar a hablar de eso me pongo peor?

Es el segundo miedo, y también está medido.

151 personas con estrés postraumático fueron comparadas según lo que recibieron: unas empezaron a trabajar de frente con el recuerdo, otras recibieron medicación. Empeorar al inicio no fue más frecuente en las que trabajaron el recuerdo. Tampoco llevó a que abandonaran el tratamiento, ni predijo que les fuera peor al final.

Los investigadores revisaron además a las personas que uno esperaría que la pasaran peor: las que además del trauma tenían depresión, las que tenían varios diagnósticos al mismo tiempo, y aquellas cuyo trauma venía de un abuso en la infancia. Tampoco en ellas fue más frecuente empeorar.

Si ya lo intentaste una vez y saliste peor, eso habla de cómo se hizo, no de si se puede hacer. Y el tiempo que llevás sin hablarlo no cambia el trabajo que hay por delante.

Qué significa, en concreto, trabajar el recuerdo

No es sentarse a contar la historia completa, ordenada, desde el principio. Casi nunca hace falta eso.

Se trabaja con lo que aparece hoy: la imagen que te vuelve sin que la llames, el momento exacto donde el recuerdo siempre se detiene, y lo que vos concluiste sobre vos mismo a partir de lo que pasó. Eso último es casi siempre lo más difícil, y casi siempre tiene la forma de una culpa que no te corresponde.

El cómo lo elegís vos: escribirlo, decirlo, o trabajarlo en imaginación. Y no se va despacio por delicadeza, sino porque funciona mejor así.

Si todavía no tenés claro si lo que viviste dejó una huella de este tipo, eso se revisa antes y con preguntas ya estudiadas. Lo escribí completo en cómo saber si tengo un trauma.

Quién decide hasta dónde se llega cada día

El consultante, siempre, y no lo digo como adorno: es parte de cómo funciona el trabajo. Vos decidís cuánto contar y cuándo, y nada se toca antes de que estés listo.

Hay quien vende revivirlo todo como si el dolor fuera la medicina.

Lo que yo hago es lo contrario de eso: antes de acercarse al recuerdo se trabaja el nivel de alerta y el dormir, y cuando en una sesión se llega a un punto donde ya es suficiente, ahí se para y se baja la activación antes de terminar. Por eso dejo espacio entre una sesión y otra: si hay que ocupar veinte minutos más para que salgas tranquilo, se ocupan.

Preguntas que me hacen antes de empezar

¿Y si me pongo a llorar y no puedo parar?
Llorar en sesión no es perder el control ni una señal de que algo salió mal. Si pasa, hacemos una pausa en lo que estábamos trabajando, bajamos la activación juntos, y seguimos cuando estés en otro punto.

¿Puedo empezar sin contar qué pasó?
Sí. Se puede trabajar bastante tiempo con cómo estás hoy, qué dejaste de hacer y cómo estás durmiendo, sin entrar en el hecho.

¿Cuántas sesiones lleva esto?
Depende de qué encontremos al inicio, y de si hay una sola cosa o varias. En mi artículo sobre cuántas sesiones de terapia se necesitan está lo que dice la investigación sobre eso.

¿Esto se puede trabajar por videollamada?
Sí, y para este tema tiene una ventaja: estás en tu propio espacio, no en un consultorio ajeno. Los datos sobre si la terapia en línea funciona igual están en si la terapia online de verdad funciona.

Para terminar

La pregunta con la que empezamos tiene una respuesta corta: no, no hay que revivirlo todo, y hay más de un camino para llegar al mismo lugar. Lo que sí hay que hacer es dejar de organizar la vida alrededor de intentar no acordarse.

Si querés ver cómo se hace

Si llevás tiempo pensando en empezar y lo que te frena es esto, vale la pena revisarlo con alguien antes de decidir. La sesión individual es de Q300 y el programa inicial de cuatro sesiones, Q1,100.